La puesta en escena de la curiosidad.

Sobre la noche y su luna, sobre el cielo estrellado, en tierra árida y cuerpos húmedos, escudriñando centimetro a centimetro la piel. Es sólo una dimensión simbólica de lo que en el alma somos, del lugar dónde el verdadero arte se percibe una vez cerrado el telón. Deconsiderada luna que sin rodeos suscita al deseo, deseo de protagonizar la puesta en escena de a lo que sin encontrarle un nombre, le llamo curiosidad. ¿De qué? Pues de una pieza sin guión, pero sobretodo sin rodeos, cerrado el telón comienza la función. A manera de rompecabezas se entreteje esta improvisación, que delicia de pieza sin hilo conductor. No como los otros, sino como tú y como yo,

y cómo no, si al abrirse el telón seguido de tres puntos suspensivos acaba la función. ¿Qué pasa allí adentro? preguntarle a la luna es lo que queda, según el olor del escenario, allí ocurrió arte, eso que nace desde el alma, que se materializa en los cuerpos y nos deja catárticos de tanto sentir, de eso que es lo que hace el arte, devolvernos lo que somos y conscientemente no sabemos, de retarnos a sentir sin prejuicio. Crean siempre una historia de cual se desconoce el final, tal véz porque no exista, o quizás porque no desistan, o bueno puede ser porque…

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