La puesta en escena de la curiosidad.

Sobre la noche y su luna, sobre el cielo estrellado, en tierra árida y cuerpos húmedos, escudriñando centimetro a centimetro la piel. Es sólo una dimensión simbólica de lo que en el alma somos, del lugar dónde el verdadero arte se percibe una vez cerrado el telón. Deconsiderada luna que sin rodeos suscita al deseo, deseo de protagonizar la puesta en escena de a lo que sin encontrarle un nombre, le llamo curiosidad. ¿De qué? Pues de una pieza sin guión, pero sobretodo sin rodeos, cerrado el telón comienza la función. A manera de rompecabezas se entreteje esta improvisación, que delicia de pieza sin hilo conductor. No como los otros, sino como tú y como yo,

y cómo no, si al abrirse el telón seguido de tres puntos suspensivos acaba la función. ¿Qué pasa allí adentro? preguntarle a la luna es lo que queda, según el olor del escenario, allí ocurrió arte, eso que nace desde el alma, que se materializa en los cuerpos y nos deja catárticos de tanto sentir, de eso que es lo que hace el arte, devolvernos lo que somos y conscientemente no sabemos, de retarnos a sentir sin prejuicio. Crean siempre una historia de cual se desconoce el final, tal véz porque no exista, o quizás porque no desistan, o bueno puede ser porque…

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Un cenicero por favor.

Puras cenizas de cigarro nocturno, así sin pretensiones y liviana como el viento, vientos de cenizas nocturnas. La bendita soledad no más para no maldecir a la maldita soledad, me es liberadora y pesada y quizás cuantas dualidades más. Inmersa en la noche, noches con sol, noches con luna, un cigarrillo vuelto cenizas, vientos de cenizas nocturnas.

Sinsentido en lo negro, sinsentido en lo blanco, guardada para volar así sea en puras cenizas, viva, escuálida, fría y muy muy caliente. No más dualidades… ¿o si? Objetos vacíos, amores vacíos, errores vacíos, lo que el viento se llevó fueron sólo cenizas, vientos de cenizas nocturnas.

Gentío, vacío, ¡y sigo con las dualidades! Terca ceniza, vuela de luna y vuela de sol oscuro, sopla por aquí y sopla por allá aquel viento opaco y feo, llevando un cigarrillo en su anatomía más pura y real, casi al punto de hacerse intangible. Diciendo más de lo mismo, quizás para hacerte ver entre un verso y otro que te quiero encontrar ¿Cenicero dónde estás? Estoy cansada de volar.

La estrella.

La noche la usa para decorar su cielo y alumbrar su suelo, los enamorados la usan como un detalle eterno, los metafóricos la usan para darle brillo a sus letras y la estrella lo único que anhela es que se haga de día para desaparecer.

Pétalo Rojo.

Una helada y lluviosa tarde de noviembre un pétalo de una rosa roja se desprendió de ella.

-¿Cómo fue que pasó? -exclamó una gota de agua.

– Sopló un viento con tal fuerza que provocó la inminente separación. Tengo miedo – susurró el pétalo.

Se encontraba sólo volando de un lado a otro, iba a dónde el viento direccionara su aliento, vio a un puñado de aves que buscaban refugio mientras pasaba la tormenta, las oscuras nubes unían sus fuerzas para evitar el fin de la lluvia,  también se encontró con un par de mariposas con alas rosas, una de ellas le dijo:

-¿Por qué tan sola y desprotegida?

La respuesta fue la misma que le dio a la gota de agua, con rapidez un par de lágrimas adornaron su roja y ya cansada piel. Después de un par de horas y aquellas lágrimas que se mezclaban con las gotas de agua, empezó a calmar la tormenta, un arco iris adornó el cielo, las nubes parecían haber tomado un descanso y el pétalo rojo, cayó a un suelo verde que aún estaba húmedo por la lluvia, al pétalo parecía no quedarle aliento para un sollozo más, poco a poco se fue asomando la noche que venía acompañada de soledad, aunque algo extraño comenzaba a suceder.

– Respiro, silencio, tranquilidad ¿libertad? -el pétalo rojo parecía disfrutar estar desprendido de la rosa- No, no es posible, es con la rosa que soy feliz, hago parte de ella.

– Te equivocas – exclamó una vieja lechuza que llevaba un rato observando al pétalo- ¿es acaso un pecado disfrutar de estar sólo?

– ¿A qué se refiere? – dijo muy interesado el pétalo.

– Desprenderse es aparentemente duro y hasta cruel, pero es sólo mientras te acostumbras a ser tú, a vivir por ti y para ti, mientras aprendes a volar y a reír sólo.

Dicen los árboles que han visto bailar sólo a un pétalo rojo y hasta parece que habla consigo mismo durante horas.

– Parece estar un poco loco -exclaman las ramas.

La luz de la luna.

En el momento más desesperante de su madrugada, no le queda otro remedio más que es escribir. En la cuarta o tal vez quinta noche seguida que pasa en vela, por euforia unas, por desasosiego otras, recuerda que nada olvida. No le es posible sacar una conclusión de la soledad porque el silencio solo le hace preguntas.

La madrugada va al ritmo del son, así, lenta y adolorida, la vuelve su verdugo y la maneja a su antojo, la luz de la luna brilla para los que adormecidos olvidan sus penas, pero retumba en las pupilas de los frágiles que ocultan su dolor al calor del sol.

Acompañada de una melodía de Chopin y de una Frida que la mira como diciéndole: “la luna nunca estuvo a mi favor”, revive la niña con deseos de ser protegida, pero que ha inventado una coraza para evadir su realidad. Llora la niña, alejada de todo lo que ama, del abrazo de su madre, de la charla con su padre y alejada del mismo amor, un amor que le ha tocado sentir y nunca despertar.

Ella sabe adornar su dolor con juegos de palabras, quizá el único juego en el que sale ganando. Esta noche, ella me confesó que es fuerte pero tiene miedos, que es vulnerable cuando ama pero valiente para afrontarlo, que a veces se siente ridícula cuando escribe pero que eso sana su alma, que le duelen las mentiras pero no más que sentirse maltratada por alguien de la manera que sea, que disfruta la soledad pero que ya no soporta sentirse sola y que hace mucho no llora delante de nadie, es más, que hace mucho no lloraba ni delante de ella misma.

Apagó la música y con ella sus ganas de seguir gastando letras en vano, en el fondo sabe que desnudar su alma no es la solución, que es simplemente una salida de escape en noches interminables.

La noche.

La manera mas exquisita para desnudarme son mis letras, mis letras que son tuyas. Una noche que me eligió para hacerle compañía, me habla de ti, de tus ojos, de tu boca, de tu respiración, de tus besos que duelen con la sutileza del amor reprimido, al menos el mio. Me habla de tu mirada, de tu cama, de tu compañía y de una pared interpuesta. Del contraste, del blanco y del negro, de la intranquilidad y la paz, del amor y la guerra, habla de ti y de mi.

Ella, va a ritmo de tango y sobre su luna ruedan lágrimas en forma de estrellas fugaces, me cuenta de sonidos, de letras, de retratos. Intento despedirme pero no me deja ir, ella necesita de mi compañía y yo sin suponerlo con antelación, también necesito la de ella. Ella va lento, yo iba de prisa, ella me detuvo para acompañarla en su camino, insiste en hablarme de ti y es justo ahí cuando intento correr, ella suavemente me detiene.

La asimilo, me asimilo… te asimilo. Hace mucho ella me despertaba pero nunca estaba para ella, le huía quizá porque le tenía miedo, ella ya antes me había hecho enfrentarme a mi misma y seguramente no quería reencontrarme con esa mujer conflictuada y echada a menos, ahora entiendo que solo un ser malogrado puede amarte. Después de minutos, se van acabando las letras, ella ya está a punto de marcharse y yo, que antes le huía, estoy a punto de llorar por su partida, pues ahora ¿quién me escucha? porque el día me puede hablar de ti pero nunca lo hará con la calma que la noche lo hace.

Frase sin verbo

Las letras lloran, las frases duelen, las miradas esquivas aniquilan, la noche se compadece y el alma se desvanece. Muerte, muerte que se llora, muerte y olvido se cruzan, amor convertido en desprecio, muerte favorable, vida después de la muerte.

Palabras que sanan, lloran las palabras, lloran la muerte, la muerte después de la vida. Nueva mirada, dos mesas, varias anatomías, tú, él, el otro, una partida empatada, los dos pierden. Se pierden el uno del otro y se buscan con el uno y con la otra. No hay encuentro, no hay vida, no hay muerte, lágrimas, risas, momentos, no hay lágrimas, la vida las mató.

Ríen, allá, acá y a lo lejos. Acaba, comienza, un adiós sin saludo, no hay adiós sólo el imaginario de lo que ya valió. Desprecios apreciados, aprecios inexistentes, después de la muerte hay vida, después de la vida, nada. Música, voces, todos, nadie, tú, ellos, yo, simples adjetivos de frases sin verbo. Eso es, tú y yo, una frase sin verbo.